La fe que abraza el cielo y camina el presente – Pastor David Jang (Olivet University)

El 22 de octubre de 1844, innumerables personas en Estados Unidos se vistieron de blanco y subieron a los tejados. Fascinados por la afirmación de un predicador que había calculado la fecha del regreso de Jesús, abandonaron su trabajo, vendieron sus bienes y pasaron toda la noche mirando al cielo. Pero hasta que salió el sol de la mañana no ocurrió nada, y lo que encontraron no fue el éxtasis de la salvación, sino únicamente una devastadora “Gran Decepción” y una vida cotidiana hecha pedazos. Esta tragedia histórica es una advertencia sobrecogedora de cómo el fervor ciego por el fin puede destruir la vida humana. La iglesia de Tesalónica en el cristianismo primitivo se hallaba también en medio de una confusión semejante. El sermón del pastor David Jang recorre precisamente 2 Tesalonicenses, la segunda carta que Pablo envió con urgencia en aquel instante crítico, y reconstruye con delicadeza el contorno de una auténtica fe escatológica.

El yelmo de la esperanza que disipa la niebla del caos

El tiempo de la Iglesia primitiva estaba marcado por la persecución y la tribulación. Bajo la presión política y la amenaza contra el sustento diario, en el interior de los creyentes se propagó como un hongo venenoso el falso rumor de que “el día del Señor ya había llegado”. Las experiencias místicas y las interpretaciones espirituales exageradas desplazaban la verdad, y aumentaba el número de quienes, abandonando su vida diaria, vagaban en el vacío. En ese momento, Pablo, en vez de blandir el látigo del miedo contra la Iglesia, bendice primero la fe que crecía en ellos y el amor que se hacía más abundante incluso en medio de la aflicción. Porque el sufrimiento no destruye a la Iglesia; más bien se convierte en un horno purificador que quema las impurezas del alma.

Al exponer el texto desde una profunda reflexión teológica, el pastor David Jang subraya que la esperanza presentada por Pablo no es en absoluto un refugio para huir de la realidad. Pablo llamó a la esperanza un sólido “yelmo” que guarda el pensamiento y las emociones. Cuando el creyente se coloca firmemente ese yelmo de esperanza en medio de un mundo semejante a un campo de batalla, puede preservar la higiene emocional de su interior sin dejarse arrastrar ni por un optimismo irresponsable ni por el terror. Como en la confesión de Job, que se encontró personalmente con Dios en medio del sufrimiento, la verdadera escatología no fomenta el miedo, sino que se convierte en un aliento sagrado que sostiene a los santos en una realidad tambaleante.

El tiempo de mirar al cielo mientras se sostiene el arado de la tierra

Cuando la Iglesia se aparta de la línea central de la Escritura, la fe cae siempre por dos precipicios extremos. De un lado está la trampa de una razón fría que reduce la resurrección y la segunda venida a un mito antiguo o a un mero símbolo ético. Un evangelio despojado de la realidad de la gracia sobrenatural jamás puede convertirse en el motor que despierte el alma. Del lado opuesto está la soberbia ardiente de quienes ensamblan arbitrariamente fragmentos bíblicos, caen en un entusiasmo apocalíptico de corto plazo o se encierran en doctrinas extremas, abusando de su identidad espiritual como si fuera una licencia para el desenfreno.

Ante esta peligrosa inclinación, Pablo devuelve la mirada de los creyentes al trabajo llano de hoy con un mandato severo: “trabajar en quietud y ocuparse de sus propias tareas con sus propias manos”. Calcular el día y la hora en que vendrá el Señor no pertenece al ámbito humano. Justamente allí donde el cálculo se detiene, comienza nuestra obediencia sincera y nuestra fidelidad. El predicador recuerda que la actitud más grande para esperar el fin no consiste en dibujar complejos diagramas astronómicos, sino en labrar en silencio el árido campo de la vida cotidiana que nos ha sido dado. En la repetición diaria de trabajar con esfuerzo y cuidar del prójimo, nuestra santidad es afilada, y el amor a la cruz se asienta como un músculo firme.

La santidad cotidiana edificada sobre la línea central de la verdad

Entonces, ¿dónde está el ancla que puede mantener a la Iglesia firme en medio de las violentas olas de este tiempo? No está en las experiencias espirituales deslumbrantes de cada individuo ni en las corrientes teológicas de moda, sino en la confesión de la fe ortodoxa probada a lo largo de la historia. La confesión de Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, la gracia de la salvación dada solo por la fe, y la promesa inquebrantable del juicio final y de la segunda venida que testifica la Escritura deben formar una sólida triple armonía. El pastor David Jang insiste en que, más que quedar atrapados en esquemas polémicos, es al fijar la mirada en Cristo, que aun ahora gobierna a la Iglesia desde el trono celestial, cuando la doctrina abstracta se traduce por fin en una práctica viva.

Ese equilibrio nunca puede completarse en soledad. Cuando uno se encierra solo en una meditación bíblica individualista, cae con facilidad en la distorsión de tomar únicamente lo que quiere ver. Solo el púlpito desde el que se proclama la palabra de verdad, y la solidaridad de una comunidad que abraza las debilidades mutuas y ora en conjunto, pueden neutralizar los falsos rumores de la época. El tiempo diario de leer la Palabra y postrarse en oración puede parecer pequeño y pobre a simple vista, pero se convierte en la inmunidad más poderosa contra los virus espirituales. La certeza de la salvación no es un aviso de que la lucha ya ha terminado, sino la fuerza concedida por la gracia para seguir corriendo hasta el final hacia la meta.

La espera santa que ilumina el hoy con la luz del juicio

El día del juicio final y de la segunda venida no es un castigo de terror, sino el tiempo consumado en que la justicia dañada será restaurada por completo. La gloria del Señor que vendrá en llama de fuego dará descanso eterno a los santos que sufren injustamente, y pronunciará un juicio severo sobre quienes han pisoteado el mundo con mentira e injusticia. Cuando confiamos en ese tribunal final y definitivo, podemos soltar el cuchillo de la venganza que querríamos empuñar con nuestras propias manos, y vivir una vida de arrepentimiento en la que vencemos el mal con el bien hasta el final. Cuando la luz resplandeciente del futuro ilumina el sendero estrecho del presente, nuestra ética adquiere por fin una fuerza vital explosiva.

Por eso, una escatología equilibrada no debe demostrarse mirando inquietos el cielo nocturno para descifrar señales, sino por medio del calor humano con que tomamos de la mano al prójimo débil que está a nuestro lado. El estudiante se entrega honestamente a sus estudios, el trabajador rechaza los compromisos injustos, y los padres siembran amor verdadero en sus hijos: estas trayectorias ordinarias, reunidas, proyectan luz sobre un mundo oscuro. Llevar en el pecho un futuro glorioso y vivir con fidelidad el hoy más concreto: esa es precisamente la imagen de la verdadera Iglesia por la que Pablo clamó con lágrimas.

La inmensa rueda de la historia sigue girando dentro del plan perfecto del Señor. En medio del ruido que alimenta la ansiedad, ¿seremos arrastrados por la corriente, o echaremos el ancla sobre la palabra de la promesa para sostener el hoy? Después de recorrer, junto con la exposición del pastor David Jang, este camino de reflexión profunda, ahora nos enfrentamos a una pregunta de gran peso para nuestra propia vida. ¿Qué clase de yelmo de esperanza llevas puesto ahora? Mientras esperas el día en que el Señor volverá, ¿con cuánta fidelidad sostienes el arado cotidiano que hoy ha sido puesto en tus manos? Solo esos pasos de obediencia silenciosa que miran al cielo mientras ambos pies siguen firmemente plantados en la tierra podrán convertirse en la alfombra más santa para recibir al Rey que ha de venir.

www.davidjang.org

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